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La seguridad en la nube. ¿Realmente necesitamos tener todo en la nube?

Seguro que muchas veces has oído hablar del término nube. Ese lugar de Internet donde se pueden guardar infinitos archivos y donde estarán a salvo, ya que nunca se van a perder.

En este capítulo explicaremos con detalle qué es la nube y cómo funciona, para que deje de ser un concepto abstracto y seamos capaces de elegir si queremos usarla o no. A continuación, hablaremos de su impacto, tanto a nivel de privacidad como a nivel ambiental. Por último, haremos una reflexión sobre si realmente es necesaria, y comentaremos algunas alternativas.

Qué es y cómo funciona

La nube es un conjunto de ordenadores conectados entre sí. De esta forma, cada vez que guardamos algo en la nube, lo estamos guardando en un ordenador central (que llamaremos servidor) que está en otro lugar geográfico. Hay muchos servidores, ya que hay muchas nubes, cada una pertenece a una empresa/entidad. Estos ordenadores, además de guardar todos los archivos que sube la gente (ya sean fotos, vídeos, documentos...), también guardan toda la información que se puede encontrar en Internet. Con esta definición, podría parecer que guardar un archivo en la nube es lo mismo que guardarlo en el ordenador personal (al fin y al cabo, el archivo está en un ordenador). Sin embargo, encontramos grandes diferencias, pues si guardamos un archivo en la nube, podemos recuperarlo desde otro dispositivo. Además, en nuestro ordenador ese archivo puede perderse (nos entra un virus, se nos avería el ordenador, lo perdemos...) y en la nube, aparentemente, no. Veremos esto con detalle.

Para entender el funcionamiento de la nube, explicaremos primeramente cómo funciona una búsqueda en Internet. Supongamos que queremos acceder a la página web https://esf.gal/. Como sabemos, esta página web está almacenada en algún servidor (¡en los servidores se almacena todo lo que está en Internet!). Por lo tanto, después de escribir la dirección en el navegador y pulsar la tecla intro, nuestro ordenador pregunta cuál es el servidor que tiene esa página web, mandando mensajes a través de la red (aire, cables, etc). Una vez que se encuentra el servidor que tiene esa página, este busca en sus discos duros dónde está la página web. Cuando la encuentra, nos la envía de vuelta y ya podemos verla en nuestro navegador. Como sabemos, para que este proceso pueda funcionar es necesario tener conexión a Internet, pues se necesita una red por la que viajen las preguntas para encontrar al servidor y el archivo de vuelta. Si no hay conexión, el navegador nos indicará que no se puede conectar a esa página.

Cuando usamos la nube para un uso particular de almacenamiento de información, el proceso que ocurre es semejante al de una búsqueda en Internet. Generalmente, para poder guardar algo en la nube, tenemos una cuenta que nos permite hacer este procedimiento. Esta cuenta es necesaria para poder distinguir cuáles son nuestros archivos y que no se mezclen con los de otras personas. Cada cuenta tiene un cierto espacio de almacenamiento en la nube, es decir, no podemos meter todos los archivos que queramos. Esto tiene sentido, pues el servidor necesita reservar espacio en su disco duro para cada persona. Si cada persona pudiese meter lo que quisiera en la nube, el servidor necesitaría tener infinitos discos duros, lo que es inviable. Una vez que tenemos algo en la nube, permanece en ese ordenador central. De esta forma, cada vez que queremos ver ese archivo, solo hay que pedirle al ordenador central que nos lo devuelva. Estos ordenadores están conectados a Internet, por lo que cuando entramos en nuestra cuenta y pulsamos en el nombre del archivo, el servidor nos lo manda por la red para que lo podamos visualizar desde nuestro ordenador. Como lo único que necesitamos es conexión a Internet y nuestro nombre de usuaria y contraseña, podemos acceder al archivo desde cualquier dispositivo y lugar del mundo, algo que no ocurre si está guardado en nuestro ordenador.

Este mismo proceso tiene lugar cuando queremos usar cualquier aplicación o servicio que necesite conexión a Internet (datos o WiFi, por ejemplo) para su funcionamiento. Por ejemplo, en el caso de la mayoría de aplicaciones de mensajería instantánea, los mensajes que se mandan no van de nuestros móviles al móvil de la persona con la que nos estamos comunicando. Esto se debe a que esos mensajes ocupan espacio, por lo que se tienen que guardar en algún sitio. En nuestros móviles no se pueden guardar, ya que no tienen tanta capacidad de almacenamiento. Como ya puedes suponer, los mensajes se guardan en la nube que utiliza la aplicación de mensajería instantánea en cuestión. Cuando mandamos un mensaje a una persona, estamos haciendo lo mismo que cuando subimos un archivo a la nube: desde nuestra cuenta, le mandamos algo al servidor, en este caso, un mensaje. El servidor lo recibe, mira a quién se lo queremos enviar y lo guarda en un espacio que tiene en el disco (asociado a la conversación entre nosotros y esa persona). Una vez que lo tiene guardado, se lo envía a la persona con la que estamos hablando, que recibe el mensaje que le enviamos. De esta forma, el servidor tiene almacenadas todas nuestras conversaciones.

Como dijimos antes, parece que si queremos que un archivo no se pierda, tenemos que guardarlo en la nube, pues está más seguro. Sin embargo, si la nube son ordenadores, ¿no debería estar igual de seguro que en nuestro ordenador? ¿O es que los ordenadores que se utilizan son más potentes o resistentes que los nuestros? En algunos casos puede ser que esto ocurra, pero en general, no es así. El sistema que se utiliza para no perder la información es la duplicación de los datos. Es decir, todos los datos están duplicados en otro servidor. Así, si se avería algún disco duro u ordenador, siempre se podrá usar el otro para coger la información, por lo que no se pierde. Hay que destacar que estos servidores duplicados están en lugares diferentes del mundo, ya que si estuviesen en el mismo lugar y hubiese un incendio, los dos quedarían destruidos, siendo imposible recuperar la información. Es por este motivo por el que se dice que en la nube no se pierden los archivos, pues las grandes empresas tienen mucho poder y dinero para tener réplicas de ordenadores.

Privacidad

Como vimos, la probabilidad de pérdida de un archivo en la nube es pequeña, y tiene la ventaja de poder acceder a los ficheros desde lugares remotos. Sin embargo, estas ventajas se ofrecen a costa de tener nuestros datos almacenados en un ordenador ajeno. Esto hay que tenerlo muy presente: cada vez que subimos algo a la nube (archivos privados, fotos en redes sociales, mensajes privados...), deja de ser nuestro. Al subirlo, estamos confiando en la nube correspondiente, y dejamos que gestione nuestros archivos como quieran. Recordamos que el lugar donde se almacenan los archivos no deja de ser un conjunto de ordenadores, y como tales, se puede acceder a la información que hay dentro. De esta forma, nuestros datos pueden ser privados en lo que concierne al resto de usuarias, pero ya no para la empresa que los almacena. Aunque hay políticas de privacidad, muchas veces cuando aceptamos un servicio no leemos todo lo que permitimos hacer con nuestros datos. Un ejemplo puede ser aplicaciones que etiquetan las fotos. Para esto, es necesario usar modelos de inteligencia artificial, que necesitan ser entrenados con muchas fotos, y pueden estar usándose nuestras fotos para tal fin.

Tenemos que pensar siempre que cuando guardamos información en la nube, estamos utilizando los servicios de una empresa, muchas veces sin pagar nada, por lo que ellos pueden utilizar esa información como les convenga. Hay que tener cuidado con lo que se guarda en la nube. No es lo mismo guardar trabajos de clase que guardar información personal, como datos bancarios, contraseñas, DNI... De nuevo, tenemos que ser conscientes de que los archivos, una vez subidos, dejan de ser nuestros exclusivamente; hay que saber lo que queremos conservar.

Impacto ambiental

El lugar donde se encuentran todos estos ordenadores que conforman la nube se llama Centro de Procesamiento de Datos (CPD). Este lugar no solo contiene servidores, sino también sistemas de refrigeración y ventilación (ya que los dispositivos se calientan al usarse), de alimentación eléctrica, de seguridad, de respaldo (tener varias copias del mismo archivo), etc. Como podemos observar, solo en electricidad y refrigeración (agua, aire...) se consume mucha energía, ya que en los CPDs, en función de su tamaño, puede haber desde decenas hasta miles de ordenadores y discos duros. Si a esto le sumamos los componentes necesarios para fabricarlos (plástico, minerales...), el gasto de recursos es inmenso.

Si creamos una cuenta de almacenamiento en la nube, como ya sabemos, el servidor nos tiene que reservar un espacio para nosotros en los discos duros. Si este espacio no llega, la empresa tendrá que comprar más discos duros. Pero cuantos más dispositivos, más calor se concentra, por lo que para que no se averíen, tienen que usar más agua para refrigerar, por ejemplo. Además, tienen que usar más energía para que puedan funcionar todos correctamente.

Debido a esto, hay que ser conscientes del impacto medioambiental que supone el simple hecho de guardar un archivo en la nube en vez de en un ordenador personal.

¿Es necesaria?

Tal y como acabamos de ver, la nube tiene puntos positivos y puntos negativos. Podemos pensar que los positivos compensan a los negativos, pero hay muchas otras maneras de obtener las ventajas que nos da la nube.

Si queremos acceder a los ficheros desde otro dispositivo, en vez de guardarlos en la nube, podemos guardarlos en un pendrive, que podemos llevar con nosotros a donde queramos. De esta forma, nuestros archivos siguen siendo privados, y además no necesitamos conexión a Internet para recuperarlos.

En el caso de no querer perder los archivos, podemos tener varias copias en nuestro dispositivo, o comprar un disco duro externo donde vayamos copiando la información de vez en cuando. De esta forma, el impacto medioambiental es mucho menor, ya que nosotros no necesitamos sistema de refrigeración, y siempre tendremos copias a nuestra disposición.

Sobre las aplicaciones, por ejemplo, hay un uso desmedido de la nube. Se está apostando por guardar toda la información, pero la mayoría no se necesita guardar. Por ejemplo, en la aplicación de la linterna, no sería necesario saber el día y hora que la encendemos, pero la mayoría de aplicaciones sí que guardan esta información, y para ello necesitan la nube, porque la capacidad del teléfono no es suficiente.

Para la mensajería instantánea o videojuegos, hay un paradigma que se conoce como peer-to-peer (P2P, entre iguales), donde los datos no pasan por un servidor, sino que van directamente desde un dispositivo a otro. Esto lo utilizan algunos para aumentar la velocidad, ya que en los juegos, por ejemplo, emplear un servidor puede disminuir la calidad, ya que cualquier retraso puede afectar a la precisión y experiencia de la jugadora. En el caso de la mensajería instantánea, los mensajes solo permanecerían en el móvil mientras no se cierre la aplicación (almacenados en RAM), o aparecerían solo los últimos mensajes, en caso de que se utilice el almacenamiento del propio teléfono.

En conclusión, debemos analizar el uso que hacemos de la nube, y decidir si realmente la necesitamos, explorando otras alternativas.